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CONVIRTIÉNDOSE EN LÍDERES: LAS MUJERES DE LAS MAQUILADORAS DE PIEDRAS NEGRAS, COAHUILA[1] por la Lic. Elvia R. Arriola (Translated by David Rosales Arriola and Alicia Santo Campello). [2] |
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Cuando pienso en regresar este fin de semana a Piedras Negras, Coahuila para
realizar segundas entrevistas con las obreras de las maquiladoras, recuerdo las caras del
primer grupo de obreras que conocí a través del Comité Fronterizo de Obreras (CFO) que
platicaban de su lucha como obreras mal pagadas y de sus esfuerzos continuos para
conseguir salarios que realmente cubran el coste de vida para ellas y sus compañeras. El
CFO es una agrupación de obreras que realizan reuniones en sus casas para aprender más
sobre sus derechos, protegidos por las leyes laborales mexicanas, y poder desarrollar
estrategias para disfrutar de estos derechos sin arriesgar excesivamente su empleo. Hago mi maleta y repaso el mapa de Austin
a Eagle Pass y las fotos de las nueve mujeres
que accedieron a relatar sus experiencias con el fin de poder documentar el peligro contra
la salud de las trabajadoras de las maquiladoras y la de sus familias en varias ciudades.
Me inspira la valentía de estas mujeres de continuar sus vidas como obreras, madres, a
veces proveedoras únicas de los ingresos de sus hogares y que ponen en peligro su salud física,
mental y emocional desempeñando labores monótonas, por unos $30 dólares a la semana,
con condiciones pésimas de trabajo y exigencias de cuotas de producción cada vez más
elevadas. Mientras continúo con mis preparativos, me pregunto si me encontraré con Amparo
Reyes, de 38 años, una madre que mantiene sola a sus dos hijos adolescentes y veterana
voluntaria del CFO. Sonrío al recordar el plato de fideos y taquitos que me preparó
después de nuestra entrevista de dos horas. Actualmente
trabaja para MalcoelMex donde recibe solo unos $400 pesos semanalmente, pero dice que la
presión de cumplir con sus cuotas no es lo que era cuando trabajaba para Dimmit
Industries. Aunque el salario sea bajo, sabe que no disminuirá. En contraste fue
despedida por Dimmit Industries por no callarse sobre el trato injusto de las obreras,
sobre todo al imponerse el pago basado en producción por pieza y no lamenta para nada su
activismo. “ya los toleré ocho años”. Cuando empezó a trabajar para Dimmit por el año 1990, Amparo se sorprendió por
la diferencia del trato que recibían los empleados en la frontera en comparación con un
empleo en el interior cuando trabajaba en Tupperware
en Toluca, México. Recuerda que el encargado de producción trabajaba junto con el
resto de los trabajadores; se les ofrecía una comida decente y tradicional a un precio
moderado, una paga extra por Navidades y un plan de participación de beneficios, y
suficiente dinero los fines de semana para llevar a sus dos hijos al parque y al cine. Se
hubiera quedado en Tupperware de no haber sido por el impacto causado por una huelga
importante que cerró la fábrica cuando los trabajadores se sintieron engañados por el
papel que desempeñó el representante del sindicato CTM al ser reducida a la mitad la
paga extraordinaria anual. Como su padre había trabajado en la frontera a temporadas durante gran parte de
su niñez, se propuso buscar trabajo en Piedras Negras. Dimmit contrató a Amparo para
trabajar sentada durante largas horas cosiendo cinturas a un mínimo de 1,200 de
pantalones de vestir caros por día, con el fin de recibir el salario base semanal de 300
pesos, y 200 pesos de bonificación. Pero para conseguir un sueldo mejor para cubrir sus
gastos, su producción fue durante seis años del 150% de la cuota esperada, o sea
aproximadamente 1,800 pantalones por día. Por supuesto, al final del día su cara estaba
completamente ennegrecida por la pelusa y el polvo que no recogía el mal sistema de
ventilación que había en la fábrica. Recuerda los terribles ataques de tos que padecía
casi constantemente como resultado de las fibras que claramente se veían en el ambiente y
que se depositaban sobre su piel y en sus pulmones. Y por supuesto hay que tener en cuenta
la increíble fatiga que padecía debido al típico día de trabajo de 10 a 12 horas de
las maquiladoras con sólo media hora de descanso para comer, y diez minutos de descanso
por la mañana. "Al principio pensé que no más así era como se trabajaba en la
frontera. Con el tiempo empecé a darme cuenta de las injusticias aquí”. Está bien documentado lo que se sabe sobre las condiciones de
trabajo, bajos
salarios y resistencia a un sindicato independiente en las maquiladoras. Lo que no está
bien documentado es la naturaleza específica del daño físico, mental y emocional que
experimentan las trabajadoras en las maquiladoras y el éxito, o fracaso, de que estos daños
se reconozcan, sean tratados y compensados. Se puede entender fácilmente el no querer
hacer declaraciones generalizadas cuando por una parte en el diálogo público se
denuncian los horrores de una maquiladora típica y por otra se dice que algunos “no son
tan malos”. Cualquier visita a una ciudad fronteriza y el trato personal con las mismas
trabajadoras revelará de hecho una gama de preocupaciones que van más allá de las
cuestiones del limitado poder adquisitivo de la paga de la maquiladora y la insuficiente
representación de la CTM, dominada por el gobierno. Las voluntarias con las que he
platicado muestran una y otra vez su preocupación primordial en cuestiones de salud y
seguridad, desde la prevención de dolencias por el trabajo monótono, hasta la exposición
a sustancias tóxicas, o fatiga, jaquecas y estrés de tener que preocuparse del coste de
sus necesidades básicas o el miedo de no poder cumplir con las cuotas de producción.
"Nos gritan para que nos apuremos", nos cuenta María del Refugio López Torres,
de 39 años, sobre la forma de supervisión de Littel Fuse Co., donde ella ensambla cada día
miles de focos de luz y fusibles. Marina Briones, de 24 años, trabaja para Malcoelmex un
productor de refacciones. Ella dice que su
queja más grande es “que en un día normal de trabajo (de diez a doce horas) es tan
largo que cuando llego a mi casa no me quedan energías para hacer mis quehaceres de la
casa o de ni siquiera hablar con nadie". Los testimonios personales dan substancia y dirección a aquellas personas
involucradas en la acción de justicia social en la frontera mexicana. Puede ser decisivo
ofrecer esta evidencia anecdótica debido a las reconocidas represalias de la industria
maquiladora contra los esfuerzos de organizar sindicatos independientes, aun cuando el
testimonio sea anónimo para proteger el empleo de una persona. Por ejemplo, el día 26 de
junio del 2000 un colectivo de trabajadores en la frontera, activistas de derechos humanos,
y bufetes jurídicos académicos presentaron una denuncia bajo el acuerdo laboral anexo
del TLC ante la NAO (National Administration Office
o Oficina de la Administración Nacional), en Washington, D.C., para protestar contra los
riesgos laborales de dos fabricantes de refacciones en Matamoros, Tamaulipas. La información
original apoyando la demanda había sido presentada a la CJM (Coalition for Justice in the Maquiladoras o Coalición
para la Justicia en la Maquiladoras), que colaboraron con la Lic. Monica Schurtman de la St. Mary's University en San Antonio, Texas por más
de dos años con el fin de establecer la base científica, legal y con hechos, para
demandar al gobierno mexicano por no hacer cumplir los reglamentos de salud, seguridad y
estándares laborales para la protección de los trabajadores de Auto Trim y Custom
Trim/Breed Mexicana. Visto como algo casi tan eficaz como una demanda legal contra una
empresa delictiva, la querella del NAO al menos ofrece una alegación documentada por más
de dos docenas de trabajadores cuyos testimonios anónimos identifican unas situaciones
bastante reales del recinto laboral de la maquiladoras. Las alegaciones incluyen una falta
completa de infraestructura para proteger la salud y la seguridad, enfermerías en las fábricas
pobremente suministradas, la falta de consideración total de la salud del trabajador en
cuanto el uso de productos químicos, pegamentos y disolventes, y un énfasis en la
producción y cuotas a costa del entrenamiento sobre el uso de sustancias químicas y sin
preocupación alguna por el impacto físico o emocional del largo día laboral del
empleado. Como resultado es común que las trabajadoras sufran daños esqueleto-musculares
(E. el síndrome del túnel carpiano), cortes
y heridas, como son otras manifestaciones nocivas más sutiles de daños a largo plazo por
exposición a sustancias tóxicas o por falta de ventilación adecuada. Al menos un hecho
de las alegaciones de la NAO de las trabajadoras en Matamoros tiene un fuerte parecido con
las quejas de las trabajadoras en Piedras Negras: el incapacitante rápido y repetitivo
trabajo, impuesto con una constante vigilancia de supervisores. Varios declarantes de la
demanda de NAO describen el daño esqueleto-muscular de prácticas de trabajo monótonas
que han resultado en la discapacitación permanente cuando éstas eran aún jóvenes de
poco más de 20 años. Una trabajadora anónima
declara: “A veces no tengo ni siquiera la energía para sostener un vaso o un libro”.
Otra afirma: “...en invierno no puedo hacer nada porque el dolor es insoportable”. La inversión extranjera en la frontera mexicana no es nueva. Al acabar el Programa Bracero en 1964, el Programa de
Industrialización Fronteriza de 1965 abrió las puertas a empresas estadounidenses a
lo largo de la frontera. Pero fue el entusiasmo del Presidente Clinton a favor del Tratado
de Libre Comercio (TLC) lo que transformaría radicalmente el carácter social, económico
y político de las casi dos mil millas de frontera. Al abrir sus puertas al libre comercio
con México, el TLC se suponía que "mejoraría las condiciones de trabajo y la
calidad de vida en los territorios de cada país participante". Sólo los
consumidores norteamericanos [estadounidenses] indudablemente recogen los beneficios de
una economía globalizada; sólo hay que considerar la abrumadora cantidad de
posibilidades que tenemos al comprar con el poderoso dólar EEUU. desde un auto de último
modelo, ropa de última moda, bolsas, regalos y envoltorios, zapatos, carteras, aparatos
diversos, juguetes, electrodomésticos, etc., encontrados en los anaqueles del
constantemente creciente número de centros comerciales de venta directa por toda la nación
americana. No hay practicamente ningún producto doméstico en los estantes de cualquier
tienda departamental americana que no haya sido ensamblado por la sufrida mano de obra de
una maquiladora o su equivalente manifestación en otras partes del mundo. La compañía Dimmit, exportadora de prendas de confección, tiene seis plantas en
Piedras Negras con un total de 1,600 trabajadores aproximadamente. Los pantalones se
revenderán a un precio por par de entre $40 y $150 dólares en la economía
estadounidense, mientras que las trabajadoras que los confeccionan ganan aproximadamente
entre $25 y $45 dólares por semana. La tendencia de empleo que sigue la empresa Dimmit
representa una norma aparente, al menos en cuanto a las grandes empresas se refiere: una rápidamente
creciente estilo de competencia en una economía
globalizada en la que los inversores hacen lo posible por pagar el menor salario posible
para obtener los mayores beneficios posibles. Sin embargo una simple vista a las
condiciones de vida del típico trabajador de maquiladora, que a menudo vive en chozas
construidas con material de desecho y sin agua corriente, demuestra que no hay rastro
alguno de las prometidas “mejoras”. En 1999 había más de 4,200 maquiladoras repartidas entre las ocho ciudades del
lado mexicano de la frontera. La evidencia de
una inversión extranjera creciente se aprecia las 24 horas 7 días a la semana en los
atascos de tránsito de los camiones de 18 ruedas en las carreteras del sur de Texas con
destino a la frontera llevando maquinaria y componentes para ser ensamblados por
ciudadanos mexicanos ansiosos de trabajar. Pero el tránsito inducido por el TLC ya no
hace de la frontera su último destino. Las voluntarias del CFO con las que me he reunido
en dos recientes viajes me han mencionado con frecuencia la evidencia de mayor explotación
que se está desarrollando a unas pocas millas de Piedras Negras y Ciudad Acuña. Se ofrece trabajo por unidad en las casas donde
las trabajadoras montan partes del calzado y otros pequeños productos de exportación
usando productos químicos, pegamentos y disolventes peligrosos sin la protección
adecuada. Recuerdo el viaje en junio entre Piedras Negras y Ciudad Acuña y a una
voluntaria del CFO que me señalaba las humildes chozas donde se sabía que se producía
este tipo de trabajo casero por piezas, donde las trabajadoras usan su propia agua y luz,
e incluso el trabajo de sus propios hijos para subsistir, sin ser compensadas por haber
convertido su casa en una extensión virtual de la fábrica. ¿Cuál es la atracción
hacia estos poblados remotos? Están lejos de la influencia de los mejor organizados
trabajadores fronterizos. Un ensayo que critica el TLC, escrito por el CFO le llama a este acuerdo comercial
"La Gran Mentira". Esa "gran mentira" prometió a los mexicanos que al
firmar el TLC, México finalmente entraría en la economía del Primer Mundo, que la
inversión liberal mejoraría las condiciones para todos lo mexicanos con la promesa de
mejores trabajos y un aumento permanente en el salario de la familia mexicana media. En
contraste, las trabajadoras como Amparo Reyes que han soportado años de penosos trabajos
no solo reciben salarios mezquinos sino que viven también con el miedo constante de que
cualquier resistencia a este tratamiento injusto tendrá como resultado el acoso verbal de
sus patrones que les dirán “ándala...ahí esta la puerta si no te gusta”, o de que
les despidan y les tachen de rebeldes y problemáticas en una lista negra en las
maquiladoras de su ciudad. Tal es la situación de Juanita López Torres, de 31 años de
edad, que fue
suspendida de su empleo el pasado 5 de junio porque la identificaron como problemática,
con sus compañeras de trabajo Raquel y Norma Mendoza Sosa y otros cinco empleados de
Dimmit. Mientras esperan el resultado del juicio de la alegación de normas injustas
laborales por la suspensión arbitraria de dos años, todos los días tienen que
enfrentarse al hecho de que hay un precio a pagar por luchar por sus derechos. Raquel, de
30 años, y su hermana Norma, de 38 años, recuerdan el día 5 de junio 2000, el día de
la suspensión de Dimmit durante dos años por dictamen de la empresa y el CTM, el
sindicato oficialmente reconocido de México. Con mirada asombrada Raquel cuenta “nos
sacaron como si fuéramos criminales y no sabíamos por qué nos estaban suspendiendo.
Cuando pedimos una explicación nos la negaron". Le dije que no tenían ningún
derecho de hacer esto. Si me están despidiendo, me tienen que dar mi pago de despido". Raquel cree que ella y su compañera de trabajo
fueron suspendidas porque cuestionaron las decisiones de un supervisor en cuanto a un
incidente de reparación de una máquina en su estación de trabajo. Después de nueve años
de experiencia Raquel sabía cuando una reparación se estaba haciendo bien o no. El técnico
asignado no la reparó y tuvo que regresar varias veces porque la máquina se paraba; él
intentó cubrir su ineptitud contándole al supervisor que Raquel y su compañera
simplemente eran perezosas y que no querían trabajar. “les dijimos que este técnico no sabía arreglar la máquina. Ellos finalmente
vieron que las averías de la maquina ocurrían porque la hacían [la máquina] marchar
demasiado rápido. Redujeron la velocidad y eso afectó nuestra cuota de producción. Nos
quejamos al representante del sindicato y le pedimos que se averiguara del problema,
porque solo bajar la velocidad de la máquina y forzarnos a vivir con 200 pesos a la
semana, no nos aparecía valer la pena ir al trabajo desde las siete de la mañana hasta
las cinco de la tarde!” Un dedo herido? Hay que amputar. Los testimonios personales también respaldan esa realidad de las trabajadoras dándoles
una especie de satisfacción psicológica por poner en evidencia heridas emocionales que
acompañan a las heridas físicas o la negación institucional de su bienestar. Al contar
su historia la persona dando el testimonio contribuye a la historia; abandona su papel de
víctima pasiva con el acto sencillo de levantar la voz contra la injusticia. Juanita
Torres, una ex-trabajadora de Dimmit recuerda la dificultad con la que se encontró para
convencer al auxiliar médico de la empresa y después al Seguro Social que la erupción
grave que sufría en su torso superior era debida a los productos químicos en las fibras
de un modelo de pantalón que estuvo confeccionando durante varias semanas. Es común esta queja de las trabajadoras de que la
mayoría de las maquiladoras de Piedras Negras, son de
construcción barata de láminas como bodegas con pocas, o ninguna ventana, hacen
su local de trabajo demasiado caluroso y bochornoso en verano o demasiado frío en
invierno. Juanita sabia que en un efecto combinado, la ventilación inadecuada, las partículas
de polvo y fibras y su sudor corporal se habían mezclado y asentado en sus brazos y
cuello expuestos. Con un sentido de horror aun mayor Juanita recuerda un acontecimiento
que explicaba como la atención médica para las trabajadoras pueden resultar más
perjudicial que el daño inicial. Debido al ritmo rápido que emplean las máquinas de
coser los accidentes de las manos y dedos son comunes. En una ocasión Juanita se había
herido un dedo que no se sanaba, simplemente porque el auxiliar médico había vendado el
dedo demasiado fuerte, cortando así la circulación. Cuando sugirieron la posibilidad de
amputar su dedo, Juanita salió corriendo llorando para no regresar más. Ella por su
parte pudo sanar su dedo sola durante su período de inacapitación y aplicándose
curaciones a base de hierbas caseras. Las ocho trabajadoras de Dimmit suspendidas el 5 de junio, incluyendo a Juanita,
Raquel y Norma, de un total de 1600, habían cuestionando en un momento u otro algún
aspecto de su tratamiento de los supervisores o las condiciones de la paga y estaban ahora
sufriendo la penalización. Pero las ocho se encontraron y juntas parecen ser fuertes en
su determinación de no abandonar la demanda o someterse a la presión de aceptar las
ofertas de compensación prescritas por la ley, que saben no estarán con sus condiciones.
Con la ayuda de las voluntarias del CFO se fueron a la entrada de las fábricas y hablaron
con los trabajadores que salían contándoles lo ocurrido y buscando su apoyo. Finalmente
150 trabajadores se unieron a ellos en una manifestación por el centro de Piedras Negras
y antes de terminar el mes de junio, el movimiento culminó en una huelga de todos los
1600 trabajadores de las seis plantas de Dimmit con la exigencia de que se reconozca un
comité de representantes de sindicato independiente elegido por los trabajadores. A pesar de todo, Raquel, Juanita y Norma quedan sin
trabajo.[1]
"De los 150 que nos apoyaron y que también fueron suspendidos, solo
130 fueron reinstaladas a sus puestos, los otros veinte tuvieron que aceptar
una oferta de compensación con las condiciones de la empresa porque todas
eran madres solas y representaban el único ingreso para sus familias".
Raquel y los otros miembros de los ocho originales que fueron injustamente
suspendidas han optado por esperar los resultados del juicio ante la Conciliación
de Arbitraje que resuelve las demandas amparadas por las leyes laborales
mexicanas. Han decidido proseguir con la demanda de que reinstalen sus
puestos de trabajos, o al menos, obtengan un despido que incluya compensación
retroactiva y una apropiada paga compensatoria de antigüedad. Cuando le
pregunté si pensaba que su suspensión de dos años se debía a su activismo,
Raquel dice que sí, porque con “lo poco que sabemos [de nuestros derechos]
no nos dejaríamos aplastar. Si algo del trabajo nos afectara injustamente,
no nos callaríamos". El movimiento para la justicia no es silencioso en la ciudad fronteriza de Piedras
Negras que recientemente celebró su 150 aniversario como Municipio del Estado de
Coahuila. Las voces de las mujeres, que son madres, hermanas, hijas y trabajadoras apelan
a la conciencia de sus patrones, de sus privilegiados y excesivamente burocratizados representantes sindicales, de sus
funcionarios gubernamentales y de otras trabajadoras en una cada vez más globalizada economía a que se unan para conseguir
justicia en las maquiladoras de la frontera mexicana. Son mujeres que simplemente por el
hecho de luchar por sus derechos se están convirtiendo en líderes de unos cambios
sociales que hacían falta desde hace ya mucho tiempo en las industrias de la frontera. Al
guardar mi grabadora y mis cintas recuerdo cuando Amparo y yo nos reímos mucho en nuestra
entrevista cuando ella se acordó de por qué la habían despedido de Dimmit después de
ocho años. "Lo hicieron porque estaba organizando…por juntarme [con Julia {coordinadors
del CFO}] como dicen. Oh no...ya a mí no me pueden cambiar". [1] {Ed. Note) En agosto 2001 se resolvió el conflicto bajo un acuerdo entre las despedidas y Dimmit Industries. Pero en Septiembre 2001, Dimmit Industries cerró las puertas completamente, dejando a cientos de obrer@s sin empleo. English: In August 2001, the illegally fired workers resolved their conflict with Dimmit through a settlement. But in September 2001 Dimmit shut down its factory operations, leaving hundreds of workers out of a job. [2] David Rosales Arriola and Alicia Santo Campello, of Traducciones Rosanto, live and work in Elche, Alicante, Spain. David is Mexican-American by descent and former President of the U.S.-Mexico Chamber of Commerce in California. Alicia worked in international banking in California for several years. They can be reached at rosanto@medtelecom.net.
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